Malaca

MALACA

Lo más destacado del viaje de ida, aparte de los tres aviones que cogí hasta llegar a Sepang -Kuala Lumpur- y las más de treinta horas que me metí entre pecho y espalda sumando esperas, buses, aviones y taxi, fue el aeropuerto de Abu Dabhi.

Si hoy en día este aeropuerto, al menos lo que yo conocí, se reduce a una sala de conexiones más pequeña que grande, las obras de ampliación tienen tintes faraónicos. La flota de aviones de la principal y no se si la única compañía aérea del país, es omnipresente en el aeropuerto, es aplastantemente mayoritaria. El servicio que dan en los aviones de esta compañía es sensiblemente superior a el de otras, con detalles como cubiertos de metal, cascos  de calidad para escuchar el audio de los programas de entretenimiento  que ofrece la compañía, personal del avión en todo momento servicial y sin malas caras cuando se solicita lo que fuera menester, y muchas, muchas plazas libres al menos en el vuelo que a mi me tocó, lo que permite echar una siesta a gusto, ya que era posible hasta tumbarse a la larga. En resumen, mucho dinero del petroleo y una voluntad inequívoca de querer hacer de Abu Dhabi, si no un destino turístico, al menos un puente aéreo de referencia mundial.

Y así llegue al aeropuerto de Sepang, famosa por su circuito de carreras. En el avión decidí, si hubiera posibilidad para ello, de no ir a la capital, Kuala Lumpur, e ir a Malaca, que aún así no es una ciudad pequeña pero sí más recogidita y caminable.


A la una y media de la madrugada llegaba al albergue sin reserva ni nada que se le pareciese. El taxista que me acercó allí, casi quema el timbre del hostal, ya que a esa hora todo el mundo estaba durmiendo y, aunque haya buena voluntad, cualquiera necesita un tiempo para procesar que está ocurriendo, ponerse un trapito y bajar a abrir. A pesar de haber desvelado a todo pichichi, a la mañana siguiente no noté miradas de rencor. Nadie en un descuido me hecho sal en el café, ni ninguna otra acción de guerrilla casera. De hecho, una semana después, sigo hospedado en el mismo lugar.


Malaca, Melaka, o Malacca es una ciudad multicultural como tantas otras de Malasia, de hecho, en la calle donde me hospedo existen un templo hinduista, dos taoistas y una mezquita. Me gustaría informar a los cristianos nostálgicos que en la ciudad también hay iglesias católicas, aunque no en esta calle. Curiosamente las iglesias tienen el nombre de “gereja”, que proviene del portugués “igreja”, ya que esta región fue hace quinientos años y durante cien, colonia del país vecino.

Sobre un sesenta por ciento de los habitantes, y esto parece ser característica de la zona oeste del

país, son malayos, seguidos de chinos -un porrón de ellos… pero un porrón-, indios, y bastante extranjero establecido aquí temporalmente o definitivamente.

El barrio más turístico de la zona es Chinatown, que es como un “todo a cien” gigantesco. Si mi inglés no es para tirar cohetes, el de esta gente lo supera; imaginaros como hablan en castellano y trasladadlo al inglés: aloz, tenela, lollito de plimabela, … esto en el mejor de los casos.

Chinatown es un barrio caótico con aceras para “playmobil”. Por el circulan coches y sobre todo motos y bicicletas que surgen de la nada. Es casi obligatorio caminar de perfil para dar paso a todos y, cuando sientas una brisa a tu lado, no es que corra el aire, sino que acaba de surgir de algún lugar un vehículo que casi te afeita, aunque increíblemente todos son capaces de esquivarte. Según cuentan, Vietnam es bastante peor, osea que, mejor ir calentando. Parece ser que allí cruzar la calle es casi tan emocionante como trabajar para un lanzador de cuchillos.

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