Nam Yang, tribu “Akha”

NAM YANG, tribu Akha
Cómo les gustó Venenito!

En este pueblo perdido en la montaña, al que se accede por un camino de cuestas imposibles, lleno de polvo y en época de lluvias seguramente intransitable por causa del barro, una bicicleta es toda una novedad.

 El pueblo está situado en el corazón del Parque Nacional Nam Ha, y acceder allí desde la ciudad, Luang Namtha, no es nada fácil. Después de cinco kilómetros de carretera, comienza una pista de tierra que no para de subir durante catorce kilómetros. El firme era todo menos firme. Había tramos en los que la cuesta era de quitar el hipo, otros con una capa de arena que hacía difícil llevar el control de la bicicleta y más todavía subir cuando la pendiente era fuerte. Otros tramos eran de tierra arcillosa, e imagino que intransitables en época de lluvias.
El pueblo estaba lleno de niños, no en vano, Laos es el país con el índice de natalidad más alto, 3,1 niños por mujer, como en nuestro “baby boom”. Al haber tanto niño, como en otros muchos lugares del mundo, también hay mucho abuelo que se encarga de cuidarlos.
 En el pueblo, los niños estaban encantados con mi visita. Un montón de ellos pululaban a mi alrededor, o me seguían allá donde fuere. El abuelo que aparece arriba, me ofreció primero comida, y como no estaba yo de comer, me ofreció fumar opio, cosa que tampoco estaba por la labor. Le dije que tenía que conducir la bicicleta de vuelta y no quería dejarme los cuernos por el camino bajando.

Me fui al “ultramarinos” de la aldea y allí, rodeado de niños y acompañado también por adultos, me tomé una cervecita mientras mantenía una interesante conversación por señas y dibujos. En estas situaciones siempre tengo la impresión de estar jugando al Pictionary.

En Laos es habitual ver telares. Rara es la aldea donde no se vea un telar trabajando o simplemente alguien hilando lana. 

Después de estar un par de horitas danzando por allí, una cuadrilla de niños me acompañaron hasta la salida del pueblo, encantados de la vida de llevarme la bicicleta.
El camino de vuelta fue coser y cantar, los catorce kilómetros de vuelta eran cuesta abajo; disfrutando de cada curva, bache y tramo de arena del camino. Si he de ser sincero, disfruté más que subiéndolo a la ida.

 

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