Romería en Sri Lanka

Los primeros en llegar a la romería son los vendedores. Sabedores de que tienen suficiente tiempo para armar su kiosko antes de que llegue la marabunta. Se toman su labor con calma.

 

Según avanza el día, el inicial cuentagotas de gente se va convirtiendo en un fluido arroyo debido a los minibuses que se encargan de vomitar hasta familias enteras con sus ofrendas preparadas.

Y acompañado de ruido -que no de música- de tambores y panderos, llega una procesión de dos penitentes uncidos con yugos adornados con ramas y precedida por dos chicos que realizan continuos aspavientos y que se encuentran en situación de trance.

El más joven de ellos, desmayado por la intensidad del momento es retirado con cuidado para que pueda recuperarse.

Mientras, los penitentes llegan al interior del templo para, tras postrarse ante la divinidad -o divinidades-, les sean retirados los ganchos clavados en sus carnes con los que  son contenidos de su empuje por los “boyeros”.

 

 

 

 

Las ofrendas y bendiciones continúan enfrente y dentro del templo.



 

La noche se va echando encima y el personal se va acomodando para comer algo; la fiesta promete ser larga.

Y siguen llegando más romeros y penitentes, cada cual a su manera: unos discretamente, otros no tanto.

Qué la fiesta continúe! Mañana será otro día, mañana siempre será el día después.

 

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